Cuando era pequeño me enseñaron que los números servían para contar.
Contar los años, el dinero, las personas, los kilómetros, las horas o las páginas de un libro.
Con el tiempo descubrí que también podían contar otras cosas.
El cero podía hablar del vacío.
El uno, de aprender a estar solo.
El dos, de encontrar a alguien con quien compartir el camino.
El siete, de las heridas que no necesitan puntos.
El nueve, de los finales que siempre esconden un principio.
Y el infinito… de todas esas cosas que nunca cabrán dentro de una cifra.
Entonces entendí que los números no eran tan fríos como parecían. Lo frío era utilizarlos solo para medir.
Este libro no intenta enseñar matemáticas.
Tampoco pretende darte respuestas.
Solo quiere demostrar que, a veces, una cifra puede explicar mejor una emoción que un discurso entero.
Quizá, mientras lees, encuentres un número que hable de ti.
Quizá descubras que llevas años viviendo dentro de uno sin haberte dado cuenta.
Y quizá, cuando cierres este libro, mires los números de otra manera.
Porque, al final, nunca fueron solo números.
Siempre fueron personas.
Siempre fuimos nosotros.
