La única vida que no pude tocar – Prólogo

Si has abierto este libro pensando que vas a leer una historia sobre la muerte…

te has equivocado.

La muerte aparece en estas páginas.

Camina.

Habla.

Piensa.

Incluso duda.

Pero esta no es una novela sobre el final de la vida.

Es una novela sobre todo aquello que hace que merezca la pena vivir.

Durante siglos hemos imaginado a la Muerte como un monstruo.

Como un castigo.

Como un enemigo.

Nunca nos hemos preguntado cómo sería cargar con ese trabajo durante una eternidad.

¿Qué ocurriría si la Muerte también sintiera?

¿Y si cada despedida dejara una cicatriz?

¿Y si un día se cansara de romper familias, de separar amantes, de apagar abrazos y de recoger las últimas palabras de quienes nunca estaban preparados para marcharse?

¿Y si, además, cometiera el peor error posible?

Enamorarse.

No de una persona.

Sino de la propia Vida.

Esta historia habla del amor cuando no puede ser correspondido.

Del dolor que todos dejamos alguna vez en alguien.

Del perdón.

Del miedo.

De las despedidas.

Y de la extraña forma que tiene la vida de enseñarnos quiénes somos cuando ya creemos saberlo todo.

No pretende responder qué hay después de la muerte.

Ni explicar por qué existimos.

Solo quiere recordar algo que, con demasiada frecuencia, olvidamos.

Que cada abrazo puede ser el último.

Que cada conversación puede convertirse en un recuerdo.

Y que la única razón por la que la muerte duele…

es porque antes existió la vida.

Si al terminar este libro miras a las personas que quieres durante un segundo más…

si haces una llamada que llevabas tiempo posponiendo…

si dices un «te quiero» que pensabas guardar para mañana…

entonces esta historia habrá cumplido su propósito.

Ahora sí.

Acompáñame.

La Muerte quiere contarte algo.

Y, por primera vez…

no viene a llevarse a nadie.

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